Vivimos en una época de cambios, o yendo más allá, un cambio de época. No hay más que ver los recientes acontecimientos meteorológicos acontecidos en nuestro propio país (creo que nunca nadie ha tenido la oportunidad de enviar una postal navideña de la playa de Torrevieja nevada) para darnos cuenta de que a pesar de que algunos de los principales protagonistas de este mismo cambio de época lo nieguen expresa y tajantemente, el climático está cada vez más presente.

A pesar de esa negación de lo cuasi-evidente, y dejemos a un lado la convulsión de fenómenos meteorológicos extremos, el derretimiento de los polos y la consecuente subida del nivel del mar, etc. lo que nadie, absolutamente nadie, se atreve a refutar es el impacto de la calidad del aire en inmisión (principalmente NOx, SOx y material particulado) sobre la salud humana.

Existen informes de un amplio espectro de organismos, entre los que destacan la ONU, la OMS, y la EEA, que ponen de manifiesto el alarmante aumento de la mortalidad derivado de enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

Bien conocidas son las imágenes de ciudades chinas envueltas por una nube y de sus habitantes recorriendo las calles con mascarillas, pero el problema no es ni mucho menos específico de las grandes urbes de países en vía de desarrollo. De hecho, la Comisión Europea ha dirigido recientemente una advertencia a Alemania, España, Francia, Italia y Reino Unido por un incumplimiento reiterado de los niveles de contaminación atmosférica.

Por esa y otras razones, ciudades de primer orden mundial, tales como Londres, Paris e incluso Madrid (integradas en el grupo de ciudades decididas a afrontar el cambio climático, C40 cities) son conscientes de los graves efectos para la salud humana que supone este “Killing me softly” al que ciudadanos de todo el mundo vivimos expuestos y, no sin polémica e incluso rechazo, están tratando de buscar soluciones efectivas a un problema cuyas principales fuentes son difusas (el transporte es la principal, la actividad industrial, las plantas de generación eléctrica, la agricultura, las viviendas y la generación de residuos) y que están profundamente arraigadas en nuestro modelo económico e incluso de vida y relación social como seres humanos que viven en comunidad, las ciudades.

Precisamente por eso, es necesario el compromiso de las autoridades públicas, tanto a nivel nacional, como sobre todo a nivel local y metropolitano, para favorecer e impulsar las dinámicas que modifiquen el sistema actual de movilidad, ampliamente dependiente del vehículo privado de motor térmico y nos lleven hacia nuevos escenarios donde cobren protagonismo otras opciones: el vehículo eléctrico (entre tres y cuatro veces más eficiente que el de motor térmico en la relación energía requerida/km recorrido), el transporte público, la bicicleta, una reorganización del urbanismo a través de la densidad y el zoning que dé lugar o al menos se aproxime a las tan deseadas como a día de hoy utópicas, walkable cities, etc.

Sin embargo, esta es una condición necesaria pero no suficiente. Tampoco lo son los esfuerzos de compañías como Tesla, fabricante de referencia de vehículos eléctricos, que aun siendo disruptivas y convirtiéndose en auténticos unicornios (compañías cuya valoración de mercado se sitúa por encima de los 1.000 millones de dólares), son conscientes de la limitación de su capacidad a la hora de impactar por sí mismas en estructuras urbanas cuya dependencia y herencia del vehículo privado de motor térmico es ya centenaria.

Y aún a riesgo de ir contracorriente o incluso echar piedras sobre mi propio tejado, mucho me temo que la resolución del grave problema de la calidad del aire no está en manos de la configuración de un nuevo algoritmo por parte de Google o del desarrollo de una tecnología concreta por parte de una determinada startup.

Una de las pruebas de ello, es que la propia Tesla anunció a través de una carta abierta de su CEO Elon Musk, la publicación de todas sus patentes, y llamó a los fabricantes tradicionales a unirse a ellos en la fabricación de coches eléctricos, porque paradójicamente, la competencia y el volumen de fabricación serán indispensables para el despegue y la disposición de la infraestructura necesaria, de un mercado que está destinado a ser un agente de cambio en el mundo de la movilidad.

Debemos apalancarnos en la tecnología, por supuesto, pero necesitamos por este orden: el compromiso, el conocimiento y la capacidad económica y de transformación del entorno urbano de la que disponen las empresas que actualmente operan y prestan servicios en nuestras ciudades, porque ellas serán los auténticos drivers, motores del cambio.

En ese sentido, es de agradecer ver cómo la propia Endesa, una empresa que la gran mayoría de los que nos movemos en los ambientes de la innovación urbana podemos considerar como una compañía tradicional, está apostando por implicarse decididamente en un cambio del paradigma de la movilidad, a través de diversos proyectos en la transformación de la ciudad para adaptarla a las necesidades de la movilidad eléctrica y dar lugar a las condiciones del entorno y la infraestructura que ésta requiere.

Un buen ejemplo de ello y de la cooperación público-privada lo podemos encontrar en Barcelona, donde Endesa y Transportes Metropolitanos de Barcelona, están llevando a cabo conjuntamente un proyecto puntero a nivel europeo cuyo objetivo final consiste en la sustitución de los autobuses de motor diésel (la motorización más contaminante) por nuevos modelos eléctricos.

Movilidad Sostenible

Este cambio que a priori podría parecer sencillo requiere, entre otros, de la disposición de la infraestructura de los sistemas de carga necesarios, en este caso concreto se ha optado por realizarla mediante pantógrafo, e incluso la reordenación de ciertas líneas de transporte público (autobús) para facilitar los ciclos de carga y adaptar las distancias recorridas a la capacidad de almacenamiento actual.

Un proyecto real que significa dar los primeros pasos hacía un futuro necesario, y generar un triple beneficio en el bienestar y la salud de los usuarios del servicio, los residentes y los visitantes de la ciudad.

 

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